#JVNARQCOAS – Testimonios: Studio Wet

Publicado el 21 mayo, 2020
Daniel Montes del Studio Wet, participa con su testimonio para jóvenes arquitectos/as, hablándonos de Arquitectura y acercándonos a distintas reflexiones sobre la profesión y la disciplina.

Gracias por tu tiempo y tus palabras, Daniel.

Podéis escribirnos a vocaljovenesarquitectos@coasevilla.org para mandarnos vuestros testimonios (texto o vídeo).

Disculpad el obviar el formato vídeo, aunque probablemente facilite su consumo, desconozco las herramientas específicas de ese lenguaje. No es que no lo haya  intentado, pero al ver la grabación me parecía más el testimonio de Joaquín Reyes en Muchachada Nuí que el mío propio, y he optado por la escritura, igualmente dificultosa para un arquitecto.

En 2007 volví de Suiza a Sevilla, se presentaron entonces nuevas oportunidades que se acabaron convirtiendo en la primera gran crisis económica del s.XXI. A finales de 2019 vuelvo del norte Alemania, justo a tiempo para participar de pleno derecho en la segunda.  Sin embargo no creo que la resignación a esta situación sea un sentimiento que deba ocuparnos ni un minuto del día. Al fin y al cabo, los arquitectos llevamos al menos 3000 años trabajando en las mismas cosas.

Sí tengo presente cada día  la necesidad de un posicionamiento en el ejercicio de la arquitectura, y eso cada uno ha de buscarlo activamente. Hablamos hoy de nuevo de crisis, pero un posicionamiento propio no ha de ser exclusivamente el producto del modelo económico que sustenta a la sociedad de cada momento. Me gusta mencionar a Pasolini, cuando visitando la ciudad de Sabaudia, a priori un producto del primer fascismo, hablaba de su extraordinaria belleza. Para él, esta belleza no tenía nada que ver con el fascismo más allá de algún que otro elemento figurativo. Afirmaba que el fascismo no era mas que un grupo de criminales en el poder, que poco o nada podían influir en el devenir de la  cultura italiana. Sabaudia era solo la punta del iceberg de 3000 años de historia del arte. Esto es hoy pertinente, mas allá de los evidentes paralelismos políticos, porque nos regala una posible reflexión sobre el difuso impacto de la coyuntura económica en la creación cultural, que no la industria cultural, sobre todo cuando uno apuesta por una continuidad en el proyecto moderno, que al fin y al cabo es la última tradición que nos queda.

¿Se hacía mejor arquitectura en el periodo de espectacular crecimiento de la burbuja? Diría que no ¿Sirvió para algo la crisis inmobiliaria de 2008, que como algunos decían, podría decantar lo superfluo dejando solo lo mejor? Diría que tampoco ¿De esta crisis sanitaria saldrá un hombre nuevo? Apuesto por la triple negativa, esperando que no me convierta en el apóstol de las malas noticias.

Recordando a Joaquín Estefanía, sería menos autocomplaciente sostener que nuestro contrato social ha sido cancelado de facto. Aún siendo el mejor de los ciudadanos, ni la vivienda, ni el trabajo, nos están mínimamente garantizados. Por tanto, si ese contrato general con la sociedad ya está roto, ¿por qué nuestro contrato individual con la profesión, o al menos, con lo que la sociedad demanda de la profesión, habría de seguir vigente?

Es por ello que sostengo un estado de absoluto desdén a todo lo que le parezca útil a la sociedad en cada momento. Lo que también requiere de la rápida construcción de una piel dura,  ya que esta posición se convierte  en el pasto propicio para que propios y extraños se vean impelidos a negar la arquitectura como arte, apenas como cultura, en una discusión estéril de bucle infinito. No es que toda la arquitectura lo sea, pero al abortar precipitadamente la posibilidad de serlo, no puedo dejar de pensar en como la censura española proyectaba sus propios traumas sexuales sobre las películas que recortaba. Un tema más de diván de psicólogo que a veces consuela cuando caen chuzos de punta. Pero que al fin y al cabo confirma que siempre dejaremos insatisfechos a todos, a los bienintencionados y a los corruptos, a los de la última novedad que aparece en la otra esquina del mundo y a los renacidos en el paradigma de turno, y uno se verá siempre obligado a dar continuas y costosísimas explicaciones a unos y otros sobre el valor de una aproximación individual a la cultura.

Confío mucho más en el desinterés, desprovisto de heroísmo y tal vez lleno de pasión, del que se coloca en la linea de fuego, y  las alegrías que depara un estado de continua emergencia creativa, que solo es posible cuando en cada proyecto se vuela con la bala, como diría Sanford Kwinter. Y ha de ser emergencia, porque proyectando en el futuro, el presente es siempre fugaz y los proyectos hay que iniciarlos desde el ayer. Mi única recomendación, no esperar a tiempos mejores.  Igual que cualquier tiempo pasado solo fue anterior, el posponer el comienzo solo es la forma más común de dar por terminado el trayecto. En cualquier tiempo y lugar, es preferible ser libre… hagamos ya algunas elecciones afectivas.