Cajón de Arquitectura: “Mientras no pasa nada” II, de Antonio Gómez Salas

Publicado el 22 abril, 2020

Dos días. Solo.
Dos días que parecen una semana. Una semana… Y solo han pasado dos días.
En la ventana del salón, arrellanado en el alféizar, ojeo mi cuaderno de notas. No leo nada: ojeo. Paseo los dedos por las páginas que se abren al azar. Muevo el dedo índice por frases sin sentido. Detalles. Pero no leo. Cierro el cuaderno. Toco su tapa blanda, paso la mano derecha por la superficie de delante, me ayudo con la izquierda para voltear el cuaderno y paso la derecha por la parte de atrás, por el lomo, por los laterales. Piel sintética. Todo el cuaderno es del mismo color: azul Klein. Me llama la atención un post-it rosa que sobresale por el frente –apenas tres milímetros–. Abro el cuaderno por la página del marcador. Y ahora sí, leo:

13/03/2020
Sentado en la barra de un bar de la calle Zaragoza, en Sevilla. Casi las tres de la tarde. Apenas dos mesas. El aire es tenso. Cocineros y camareros, arrejuntados todos en un pasillo que conecta la cocina con el almacén, señalan con los pies la pared junto a una mesa auxiliar, y observan un aparato que les ilumina las caras. Rostros inquietos. No importan los segundos o los minutos que estuvieron parados. Cuando se dispersan, intentan disimular. Pero no pueden. Paso la mirada por la nota que sigue. Leo:

13/03/2020
El olor a gasolina rezumba en mi nariz. A mi alrededor pocos son los pies que pasan tranquilos. En el horizonte el sol intenta esconderse por la base de la Torre Pelli. No hay conversación, apenas un par de cuchicheos y algún reclamo lejano. Todo el espacio se llena de miradas perdidas. Los autobuses van y vienen. El ambiente en la estación es el mismo de siempre, a pesar de estar casi vacía. Solo quiero llegar a casa… La puerta del piso, tras de mí, se abre. Giro la cabeza –aunque se quién es–. ¿Ya son las cuatro de la tarde? Mi madre entra y cierra la puerta en silencio. Viste pantalón blanco, casaca corta con varios agujeros. Sobre los hombros lleva su sudadera de diario y puestos en las manos unos guantes de látex. Esta mañana eran blancos. Cuando me ve, corre de puntillas hacia mí.
–¡Buenas! –dice mientras me da dos besos.
–¿Qué tal el trabajo?
–Bien, te tengo que contar. Voy a ducharme.

Me da dos palmadas en la clavícula y se marcha a la cocina. Abre la puerta del lavadero. Suena: click click y luego otra vez click. La veo quitarse los guantes de látex con cuidado y los tira a la basura. Desaparece por el pasillo. Vuelvo a mi cuaderno. Sigo con la nota de antes. Cuando leo la última frase pienso en la enorme inventiva que tuve. Quizás fuera solo un impulso, un nervio, una necesidad interna, algo que sale desde un lugar al que no se puede ir a buscar nada porque no se sabe dónde está. La cuestión es que la frase salió, como un eructo: <<Hacer listas: crear hábitos. Punto importante: ver, oír y escribir>>. Paso la página, me salto varias notas, me paro en una, la ojeo y paso a la siguiente. Leo:

15/03/2020
Las luces de las farolas forman sombras quietas. Todo se inunda de aplausos y vítores. Se aprecian cantos improvisados, zapateos y algún grito para liberar estrés. La urbanidad no sucede afuera, en la calle, sino en terrazas altas, ventanas, balcones, azoteas. Una de las farolas comienza a parpadear; también aplaude. Y pienso que nada nos detiene. La calle es nuestra. No estamos solos. Siguiente página: en blanco. En la esquina superior derecha apunto: <<16/03/2020>>. Y vuelvo a pensar que son dos días desde que estoy en casa. Dos días en los que no ha pasado nada –aunque hayan pasado muchas cosas–; dos días que parecen una semana –aunque no lo sean–.
El graznido de una gaviota choca en mis tímpanos que palpitan como un corazón asustado. Planea baja; lentamente. La observo romper con sus alas la brisa fina. Flota en un fondo de nubes grises. La sigo con la mirada. Pero hay un detalle, un gesto, un mensaje. Clavo los ojos en las casas adosadas que hay frente a mi bloque. La gaviota se ha perdido por la parte derecha de mi ángulo de visión. Mis ojos desnudos se encogen como si fueran dos puntitos parpadeantes. Ayer no estaba ahí. Juraría que no. Es fascinante.

***

[Continuará…]

Antonio Jesús Gómez Salas
Instagram: a.g_salas