Cajón de Arquitectura: “Mientras no pasa nada” I , de Antonio Gómez Salas

Publicado el 21 abril, 2020

Mientras no pasa nada

 

“La mayor parte de la gente desea creer que su vida es algo
más que una serie aleatoria de acontecimientos sin conexión
entre sí.”
[El artesano, Richard Sennett]

 

Ésta es la historia de un encierro. Un encierro compartido.

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Es domingo, todavía. Es domingo, y estoy en casa. Estoy sentado en la terraza. A mi alrededor mi madre y mis dos hermanos conversan; y esparcidos por el suelo Merlín y Kyra ronronean. Aún puedo apreciar el olor del café quemado; de las tostadas de mantequilla con mermelada de albaricoque; del mar que llega, de vez en cuando, arrastrado por una brisa liviana; de la humedad. Más allá del pretil de la terraza, el sonido está vacío. No ocurre nada. No hay nadie en la calle; han desaparecido. Cada vez más tenues se pueden oír todavía sus voces, el eco de sus pasos, el alboroto de sus risas y enfados. Son las once de la mañana, y es domingo, y la calma es parecida a la que existe en el campo. Un silencio de fondo. De vez en cuando la calma es interrumpida por algún coche que anda de puntillas, cruza la calle y desaparece, por el otro lado. O por el estruendo de las aspas de una hélice que golpea el aire, lo mueven todo, proclaman atención. Y siempre es en las letras que cuelgan sobre ellas a lo que uno atiende: <<Policía>>. El cielo blanco se espesa lentamente, forma una densa tela, como la de la leche al enfriarse. No puedo evitar preguntarme: ¿Cuándo acabará todo? ¿Cómo acabará? ¿Aguantaremos?

El traqueteo de las ruedas rozando las vías marcan un tiempo de ida y vuelta, una vez cada veinte minutos. Ya ha pasado tres veces. Ha sido un desayuno largo y contundente. Mis hermanos se dispersan y mi madre recoge la mesa redonda de cristal. En su superficie quedan las marcas de vasos y tazas, los restos de peleas por el pan y alguna marca de la pezuña de Merlín. Hace frío. El cielo sostiene nubes apretadas. No quedará mucho hasta que empiecen a sudar. Tacho el tercer punto de mi lista y señalo con la punta de mi Lamy el cuarto: <<Paseo matutino: sacar la basura>>. Es domingo, pero no hay nadie en la calle, y salgo del ascensor con cierta extrañeza.

¿Cuándo he sacado la basura un domingo por la mañana? Al salir del portal y precipitarme afuera, me doy cuenta de que el cielo es ahora de un negro grumoso. Sonrío. La espesa tela blanca de antes se ha roto. Llueve. Pero me da igual. Probablemente en un “Estado de Normalidad” hubiese subido a coger el paraguas, o atrasado el paseo para más tarde; incluso me ruborizo al pensar que ni siquiera hubiese sacado la basura; ¡por Dios!, ni siquiera me hubiera planteado pasear; de seguro estaría tirado aún en la cama, dando vueltas en las sábanas y retrasando el despertador. Y, sin embargo, aquí estoy: con la bata de casa y una bolsa con residuos del día anterior en la mano. La observo por el rabillo del ojo mientras camino, lentamente. El contenedor se encuentra a pocos metros de la urbanización y quiero disfrutar del paseo. Me sorprende cómo pueden cambiar las cosas de un día para otro. Es raro. Es raro que lo que antes era legal, ahora no lo sea. Pasear: nunca fue tan complicado. El contenedor rebosa de putrefacción. Camino a su alrededor un par de veces. Busco el hueco perfecto. Cuando lo encuentro, coloco la bolsa con cuidado, la moldeo  levemente para que se adapte a las demás, e intento de que ninguna caiga al suelo mojado. Ya está. Ahora forma parte de un castillo de naipes. Me llama la atención un leve movimiento en la lejanía de la calle, junto al parque, en la entrada de arriba. Arrugo el entrecejo, inquieto. Es la misma capucha roja de ayer, vagando de banco en banco. No tiene bolsa de basura. No pasea perro. No va al súper, que se encuentra en dirección contraria a su devenir. No parece ser un delincuente, pero está incumpliendo la ley. Se arriesga a una multa. ¿Qué será tan importante para pagar un mínimo de 100 euros? Desvío la mirada hacia mi terraza. Pienso en que es domingo y aún queda mucho. En realidad todo esto acaba de empezar. Me sacudo como un perro, me giro levemente: me dispongo a volver a casa. Ahora solo puedo pensar en el siguiente punto de mi lista.

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Antonio Jesús Gómez Salas
Instagram: a.g_salas