Cajón de Arquitectura: La casa de mis sueños, de Athina Blum

Publicado el 16 abril, 2020

Compartimos el relato corto de Athina Blum para nuestro espacio Cajón de Arquitectura. 

 

LA CASA DE MIS SUEÑOS.

Cuando volví de aquel país y empecé a dormir en mi cama de nuevo, cuando en la noche cerraba los ojos y los volvía a abrir, a veces pensaba que me iba a encontrar la ventana a este lado, la puerta allí en la esquina, el desorden de su ropa sobre la cómoda y por supuesto, muy cerca de mí, su cuerpo.

Tengo la imagen de su casa grabada a fuego casi desde el primer día que me llevó allí, me besó ya desde la puerta, me empezó a tocar con sus manos, me apretó con su cuerpo contra el espejo, me desnudó haciéndome un poco de daño y me llevó a su cama. Así era la forma en que deseaba recorrer su casa todos los días de mi vida. Ese baile por su casa era en lo único en que podía pensar al día siguiente. Aún lo sigo deseando.

No, cuando me fui aún no había llegado a instalarme en esa casa, pero ya había pasado allí casi todas las últimas noches, algunas mañanas y tardes incluso. Ya tenía allí no sólo mi cepillo de dientes sino todo lo necesario para asearme y perfumarme. Para cuando me fui ya ese segundo baño de la casa estaba empezando a pertenecerme y me había duchado mil veces con él o a solas.

Tras mi viaje, ya desde la distancia, confinada ahora en este cuchitril, empecé a ver esa casa en mis sueños. En los más locos me veía vistiendo capas, antifaces, desnuda enfrente de hombres y mujeres con los que creo que había tomado café alguna vez en mi vida. Entre risas me sentaba sobre la piedra fría de la cocina y abría las piernas mientras me dejaba llevar por la música. Todo esto que nunca había pasado en la realidad pasaba en su casa en mis sueños.

Otras noches mis sueños eran más tranquilos y sólo estaba él frente a mí. Acostado en su cama, relajado, oliendo un poco a jabón y con la piel fresca. Podía escuchar su voz. Sus palabras eran suficiente para mí y habría podido estar horas sintiendo cómo llegaba húmeda la tarde.

Aunque ya no estaba allí en esa casa y no tenía contacto con él, adoraba tener esos sueños porque mis pensamientos al día siguiente seguían dándome placer allá donde estuviera. Recordaba cómo era ver su cuerpo en el espejo y parada en el semáforo tenía una contracción. Pensaba en el olor de sus axilas y lo suave de su piel en esa parte y no podía escuchar lo que me decía mi jefe en la oficina. El olor en el ascensor de otro hombre que acaso fuera alto y fuerte como él me hacía ponerme un poco roja. Salía de la escena de mi vida allí donde estuviese y me colocaba desnuda en esa casa.

No sé si a él le estará pasando lo mismo. Seguramente no o al menos seguro que no tanto, pero desde mi interior siento que él también me piensa desde su casa a veces. No en vano, yo había llenado esa casa de vida por algún tiempo: de ruidos, de saliva, de sudor… Merecía ser recordada en esa casa, como esa casa merecía que yo la recordase.

Por si acaso yo ya no estaba presente en sus pensamientos, me preocupé de dejarle una nota bajo el colchón con la esperanza de que lo viera algún día antes de que su maravilloso cuerpo fuese demasiado viejo para viajar aquí conmigo tan lejos y besarme, como él lo hacía, como lo había soñado tantas veces, ahora en mi nueva casa.