“Azoteas”, de Antonio García Calderón

Publicado el 27 marzo, 2020

Las azoteas son la parte del suelo que devolvemos al cielo cuando construimos. Las ciudades son la suma de sus azoteas, y sus calles y plazas las azoteas que dejamos a ras de suelo.

Hemos levantado el entramado urbano desde lo particular, sedimentando capas a lo largo del tiempo. Recorrer la ciudad desde las azoteas nos permite recrear el territorio original, asomarnos a contemplar lo que hemos sido capaces de construir juntos, lo que heredamos de nuestros antepasados. Y mirarnos. Vernos y reconocernos. Identificarnos en la anarquía de su volumetría, resultado de las necesidades más primarias. Desde lo alto contemplamos lo pequeño que somos y nos llega atenuado el murmullo lejano de la actividad urbana.

Subiendo a la azotea alcanzamos la periferia más próxima, su límite más inmediato. Un espacio de comunidad o privativo, coronado de aire que siempre es común. Su conquista es reciente, la técnica y el clima de estas latitudes les ganó la batalla a los tejados. Con el empeño de las abuelas la naturaleza domesticada en latones fue colonizando el baldío, los cordeles tejieron una red en la que bailaba la ropa sin cuerpo al son del aire del suroeste, plantamos antenas buscando una señal que casi siempre era mala y al sol que más calienta orientamos las placas con las que atemperar el agua del baño.

Desde la azotea nos inclinamos hacia sus patios, el suelo que no quiso crecer. Los huecos de nuestra intimidad familiar, pozos por donde transpiran los sueños de nuestros vecinos. El vacío donde viven los otros y se comenta la rutina de los días laborables. Algunos son patios abandonados, testigos de la solidaridad en los tiempos de la precariedad, de la olla compartida, del corral silvestre en la trasera, con tapias y medianeras dibujando un orden cartesiano blanqueado.

Al levantar la mirada, las calles desaparecen, apenas podemos ver el dibujo que traza la alineación de los pretiles, el peto que nos salva de la caída y atenúa el vértigo de mirar abajo a la calle. Las austeras traseras sin ornamento de las casas se presentan como fachadas ocultas, azoteas verticales que conforman un continuo sin orden y sin acierto. La ciudad se manifiesta en una espontánea talla de mil caras. En la maraña podemos distinguir un campanario, la silueta de una espadaña, o la corona de un silo. Y en los días claros, se asoma la sierra al sur sobre la base de un pinar cercano que nos reconcilia con nuestro territorio próximo.

Me subo a esta azotea para observar y conversar, sin malos humos, buscando aire fresco. Subiré a regar las macetas que heredamos, a ventilar los trapos limpios, a escuchar lo que los patios murmullan, estando atento al rumor de la calle y la plaza. Un mirador a la ciudad donde vernos y encontrarnos, atento siempre a lo que venga por el horizonte de nuestro entorno más inmediato. Trataré de mantenerla y conservarla, intentaré que no haga aguas. Les invito a compartirla, o que se suban a la suya. Si me ven por casualidad en la mía, háganme una señal, estaré encantado de saludarles.

Antonio García Calderón

 


 

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