Guillermo Carrillo muestra en Arquemí su serie sobre Heriberto Duverger (ampliación hasta el 19 de abril con cita previa)

Publicado el 7 abril, 2021

Hasta el 19 de abril (con cita previa), el Estudio y Galería Arquemí (C/ Orfila, 10, Sevilla) acoge la exposición sobre Heriberto Duverger del colegiado COAS Guillermo Carrillo Ayala, una serie de ocho cuadros en homenaje al arquitecto Heriberto Duverger  Salfrán (Guantánamo, Cuba, 1940). 

Así describe el proyecto el propio Guillermo:

Desde hace pocos años formo parte del grupo de investigación HUM-337, de la Universidad de  Sevilla, dirigido por el profesor Fernando Mancera -Facultad de Bellas Artes-. Si bien la  producción del grupo está relacionada habitualmente con la celebración de distintas efemérides  –V centenario de la primera vuelta al mundo, CL aniversario de la muerte de Bécquer, etc.-, en  esta ocasión, el director nos animó a ilustrar poemas del recientemente publicado libro Viejos, de  Tirso Priscilo Vallecillos –Huerga & Fierros, 2018-. 

Hojeando el ejemplar que me había entregado días antes Mancera, descubrí el título “El anciano  profesor”. Esta frase, como una saeta, salió de aquélla página y se clavó en mi recuerdo de  aquellas tardes calurosas en la Escuela de Arquitectura, con las ventanas abiertas hacia el jardín, que sonaba a chicharras. Los alumnos, sentados frente a los profesores, tomábamos apuntes. Heriberto, en su silla de profesor, no podía ocultar el peso de las horas cálidas sobre sus párpados morenos, como su tez, techados con cejas canas. 

Fuera cual fuera el contenido del poema, tuve claro que mi ilustración tendría que ver con  Heriberto. 

El curso 2009/2010 me matriculé en muchas de las asignaturas de quinto. Muy interesado en la  mal llamada arquitectura colonial y en la pre-colonial, elegí la asignatura optativa Historia de la  Arquitectura Iberoamericana, en el grupo del profesor José Ramón Moreno García. 

Él impartía la mayoría de las clases teóricas. Cada una de las amplísimas regiones geográficas  en las que se puede dividir la arquitectura del mundo iberoamericano se condensaba en un  puñado de clases, intenso compendio que en pocas horas lo abarcaba todo: desde la más arcaica  arquitectura hasta la ultimísima de cada país. Las cabezas olmecas, la obra reciente de jóvenes  arquitectos chilenos, los muros incas de Cuzco, Barragán, la arquitectura soviética cubana, la  arquitectura del narco colombiana, las bibliotecas de Medellín, Aleijadinho, las casas de colores  de Trinidad… 

No había tarde en que no acudiera impaciente a sus interesantes clases. 

La práctica estaba a cargo de otros tres profesores: dos jóvenes y Heriberto. Los alumnos  debíamos formar grupos de trabajo. Los docentes nos asignaban una ciudad iberoamericana, previamente elegida por ellos, como objeto de investigación a lo largo del curso. 

El día del reparto de ciudades, observé con envidia cómo los otros grupos habrían de estudiar las  ciudades que yo hubiera deseado, como La Habana o Panamá, mientras que a nosotros nos tocó  Brasilia. La que fue pensada como moderna capital de Brasil era la única de las ciudades  escogidas que no llegaba a sesenta años de historia, construida de nueva planta en una región  deshabitada, sin pasado colonial ni pre-colonial. 

Nada de vivos colores, ni de enormes piedras, ni de composiciones disparatadas con columnas y  frontones.

Mientras mis compañeros exponían sus avances en la investigación de las agradables calles en  cuadrícula de La Habana Vieja, a mí las enormes avenidas trazadas sobre el planalto brasileiro se me hacían cada vez más cuesta arriba. 

Heriberto parecía atender a medias a las exposiciones de los alumnos pero, de vez en cuando, abría los ojos con decisión y lanzaba al aire alguna frase que nos hacía cuestionar algunas de las  afirmaciones propias -o apropiadas- que lanzábamos acerca de las ciudades, con la misma  contundencia con la que levantaba los párpados. 

Llegó mi turno y tuve que exponer mis averiguaciones sobre la ciudad con planta de avión, aquella  urbe inhumana de enormes distancias y de ristras infinitas de bloques de hormigón. 

Se me vio el plumero… 

“Guillermo: a ti no te gusta Brasilia, ¿verdad?”, me dijo. 

“No”, respondí. 

“Lee Un mundo feliz, de Aldous Huxley, que te ayudará a entenderla”, me recomendó. 

Un mundo feliz es, desde entonces, uno de mis libros favoritos. No es un texto de historia del  urbanismo ni en él se habla directamente de arquitectura. Es una novela con trasfondo filosófico que anticipa la sociedad del futuro; en sus páginas, el autor desvela una utopía de la modernidad.  Es el libro del que más he aprendido. Me ayudó a comprender aquel experimento urbano para  la sociedad del futuro que es Brasilia y me ayudó a comprender las Brasilias que hay en cada  ciudad contemporánea. 

Desde ese momento le he tenido un cariño especial a Duverger. No sólo me recomendó un libro  porque a él le resultara interesante, ni siquiera porque pensara que a mí me podría interesar.  Supo recomendarme un libro concreto que llenaba un vacío casi tangible de mi conocimiento.  Detectó en mí una carencia y supo ponerle remedio. 

No creo que se acuerde de mí. Han pasado diez años y nuestros encuentros cara a cara no fueron  sino unos cuantos ratos de correcciones grupales en aquel aula de la Escuela. 

Tiempo después, supe que Heriberto, antes de aterrizar en Sevilla, quiso salir de Cuba. Su amigo  José Ramón Moreno le echó algún cable para que se instalara en España. También supe que,  como arquitecto, es el autor de algunos proyectos interesantes en su tierra natal, como el  servicentro –gasolinera- Acapulco en El Vedado, La Habana. Así mismo, es autor de numerosos  diseños de muebles. 

Los ocho cuadros que forman la serie tienen como base las páginas del libro que compré hace  diez años, deshojado para esta ocasión. Esa edición tiene el número justo de páginas que permite construir los ocho fondos; ni una más, ni una menos. 

Sobre Un mundo feliz planea la planta de Brasilia (a escala 1/25.000), bajo las palabras  HERIBERTO DUVERGER. 

Fotos: Arquemí